Un entorno de ribera lleno de vida
Durante muchos años, las orillas de este puente formaron parte de la vida diaria del pueblo. Aquí las mujeres lavaban la ropa y el río era un lugar de encuentro, conversación y trabajo.
Hoy el entorno sigue siendo muy valioso: hay árboles que dan sombra, orillas protegidas y una vegetación de zonas húmedas que mantiene el paisaje verde durante todo el año.

Entre los árboles y las piedras del puente viven peces, anfibios, aves y también murciélagos. Estos pequeños mamíferos descansan de día escondidos en los huecos del puente y, por la noche, salen a cazar insectos.
Gracias a ellos, el río se mantiene en equilibrio natural. Por eso, cuando se repara un puente, la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona deja esos huecos libres o instala cajas nido para que los murciélagos puedan seguir viviendo aquí.

Uno de los más especiales es el nóctulo mediano. Es como un pequeño guardián del río, nuestro particular “Batman”. Solo se encuentra en unos pocos lugares de la península, y en esta comarca tiene uno de sus refugios más habituales. Suele aparecer al final del verano, cuando llega del norte para pasar el invierno en este valle.
Un puente de piedra con siglos de historia
El Puente Viejo de Sorauren tiene un origen incierto: podría ser romano o medieval. Está hecho de piedra y tiene cuatro arcos de medio punto. En su base conserva unos salientes redondeados llamados tajamares, que cortan la corriente y protegen el puente cuando el río crece.

En 1565 ya aparece mencionado como lugar donde se cobraba un peaje a las leñadas, los troncos que se transportaban flotando por el río. También fue un punto de paso para peregrinos y comerciantes, siguiendo un estilo de construcción que se repitió durante muchos siglos.
Molino central
El molino de Sorauren aparece documentado desde el siglo XVII y se mantuvo activo hasta mediados del siglo XX. En sus últimos años funcionó también como central hidroeléctrica, que daba luz a Sorauren y a varios pueblos del entorno, como Azoz, Eusa, Adériz, Maquírriain, Orrio y Cildoz.

Era una instalación mancomunada, es decir, compartida por los vecinos, que se repartían tanto los beneficios como las tareas de mantenimiento. Según los testimonios de la época, el molino y la central eran considerados “modernos y buenos” por su capacidad para aprovechar la energía del agua.
Hoy el edificio, de propiedad privada, permanece cerrado, pero sigue siendo parte de la memoria colectiva del valle, recordando cómo el agua del Ultzama fue, durante siglos, una fuente de energía, trabajo y vida.
